La historia del autillo la aprendí el año pasado, hacia abril, cuando ya había empezado a oírlo otra vez por todos lados (uno de los lugares indiscutiblemente unidos a su canto es el camping en Samozraki). El autillo en griego se llama Γκιώνης (“Guionis”), y cuenta la leyenda que antes de ser pájaro fue pastor. Tenía un hermano, también pastor, que según qué versión del mito se llamaba Andonis, o Yannis, o incluso Guionis. Este último perdió un día unas ovejas y su hermano lo mató por ello, pero las ovejas regresaron poco después al redil y el hermano asesino se sumió en la pena más profunda. Unas versiones dicen que fue la misma pena la que lo transformó en pájaro, otras dicen que Dios se compadeció de él y lo convirtió antes de que muriera a causa de la tristeza. Lo que sí es seguro es que, desde entonces, el autillo llama arrepentido cada noche a su hermano (“Guion(i), guion(i)”), insistentemente, sin descanso*.

Un primer plano de autillo (Foto de Christos Barboutis)

*En Epiro, llaman “guionis” a quien resulta demasiado pesado, repitiendo lo mismo una y otra vez…

Esta es una loa al servicio de correos griego. Igual que considero preciso criticar las cosas cuando no funcionan, me parece asimismo necesario admitir y agradecer que las cosas funcionen, cuando lo hacen. Y los Correos griegos, amigos míos, no me han decepcionado nunca. Al contrario, me siguen sorprendiendo. Hace un mes recibí en miércoles una postalita que se había echado al correo en Suflí el lunes. ¡En Suflí, ese pueblo “όπου ο Χριστός έχασε τον αναπτήρα του”, como escribió una vez mi amiga Luisa! Cada vez que menciono a mis amigos griegos lo contenta que me dejan sus Correos, ponen caras rarísimas. Y yo me río.

A mí me gusta, aunque no tenga base, verle el lado simbólico al asunto. Por una parte, las palabras se mueven bien por Grecia y fuera de ella, el país se intracomunica y se intercomunica. Por otra, una forma de comunicación lenta y tradicional, diría casi ancestral, es eficiente y cumple con las expectativas. Además es pública y ni decepciona, ni frustra.

En el aeropuerto de Iraklio compré hace un par de años unos sellos dedicados a la fauna y la flora griegas. Todos los animales representados eran pájaros, que se desplazan tan bien como las cartas. El buitre negro, sin ir más lejos, puede recorrer distancias enormes para ir a comer a, por ejemplo, Bulgaria y volver a dormir a Dadiá por la noche. Más símbolos viajeros justo al lado del río trágico, aquel que cada día cruzan decenas de personas en busca de una vida mejor y en cuyo viaje sí que encuentran todas las trabas del mundo. Pero ésta, una vez más, es otra historia…

Los sellos que compré

En estos días de estudio obligado, la ventana de mi cuarto me ofrece una oportunidad para la distracción especialmente apetitosa (y, en lo que a mi productividad se refiere, peligrosa). Oigo pajarillos, los veo moverse como manchas indistinguibles mientras mi atención se supone dirigida a la pantalla. Ayer el canto de uno de ellos me tenía especialmente inquieta. Llevaba oyéndolo un par de días, y no era capaz de localizarlo entre las ramas de los – no tan numerosos – arbolillos y arbustos del jardín. Tampoco sabía identificarlo sólo por su canto. No recuerdo haberlo oído antes aquí, en torno a mi casa.

Afortunadamente, tantos minutos (no me atrevo a decir horas) de distracción no fueron en balde. De repente lo vi, posado encima de un pequeño pino y cantando como si le fuera la vida en ello (en cierto modo, así es). ¡Era una curruca zarcerilla (Sylvia curruca)! Ahora espero que tan apuesto pajarillo logre encontrar una compañera y se queden por aquí.

De nuevo, mala calidad, pero algo se ve...

Una vez hablé del nombre del alcaudón común, Αετομάχος (“aetomajos”), pero no llegué a explicar el significado y el por qué de dicho nombre. Significa algo así como “el que lucha con las águilas”, y se debe a que no tiene ningún problema en defender su territorio atacando incluso a rapaces de gran tamaño.

La oropéndola se llama Συκοφάγος (“sikofagos”), o sea, “comehigos”. Adivinad por qué…

El alimoche es el Ασπροπάρης (“asproparis”), que es una forma corta de decir “pequeño buitre blanco”.

Muchos nombres son prácticamente el científico. Así, el quebrantahuesos es Γυπαετός (“yipaetós”), que significa “buitre-águila” (pero en Creta es Κοκκαλάς – “kokalás” – algo así como “huesero”). El martinete es Νυχτοκόρακας (“nijtokórakas”), “cuervo nocturno”, y el treparriscos es Τοιχοδρόμος (“tijodromos”), “que corre en la pared”.

La lista, por supuesto, es larga, pero es mejor no alargar la lección. Otro día más…

Media hora de vuelta matutina y unas pocas imágenes de tranquilidad en Dadiá.

Primera imagen de la mañana: gallo paseándose y edificio del cuerpo gestor del parque al fondo

Vista de mi casita

La campana de la iglesia Profitis Ilías

Lo que creo que es un álamo temblón, con flores masculinas

Y el detalle de la anterior: el herrerillo picoteando aquí y allá

Si hubiera tenido una cámara con un buen teleobjetivo, habrían salido unas fotos muy chulas, la visión era como de un cuadro en movimiento de colores pastel.

Esta semana he vuelto a estar en Komotiní, la capital de la prefectura de Rodopi y animada ciudad universitaria con un porcentaje importante de población musulmana (cerca del 40%), y en Edirne (o Adrianúpoli, en griego), una ciudad turca preciosa que se encuentra al otro lado de la frontera, allá donde los ríos Ardas y Evros confluyen.

Komotiní nocturna

Algo insólito: escultura a un matemático

Manjares komotineos

Papelería al estilo kioskero en Edirne

Tienda de tursí (conservas en vinagre)

La mezquita de Selim, del arquitecto Sinan, con los minaretes más altos de Turquía

La mezquita por dentro

Al anochecer, un bando enorme de grajillas (Corvus monedula) se preparaba para dormir:

Manolo, este alcaudón núbico ha posado hoy para ti en el río. Qué pena que no tuviera los medios para hacerle justicia a la pose.

Dice que te espera por aquí, que la próxima vez no será tan huidizo.

Algo es algo...

Algo es algo...