En estos días de estudio obligado, la ventana de mi cuarto me ofrece una oportunidad para la distracción especialmente apetitosa (y, en lo que a mi productividad se refiere, peligrosa). Oigo pajarillos, los veo moverse como manchas indistinguibles mientras mi atención se supone dirigida a la pantalla. Ayer el canto de uno de ellos me tenía especialmente inquieta. Llevaba oyéndolo un par de días, y no era capaz de localizarlo entre las ramas de los – no tan numerosos – arbolillos y arbustos del jardín. Tampoco sabía identificarlo sólo por su canto. No recuerdo haberlo oído antes aquí, en torno a mi casa.

Afortunadamente, tantos minutos (no me atrevo a decir horas) de distracción no fueron en balde. De repente lo vi, posado encima de un pequeño pino y cantando como si le fuera la vida en ello (en cierto modo, así es). ¡Era una curruca zarcerilla (Sylvia curruca)! Ahora espero que tan apuesto pajarillo logre encontrar una compañera y se queden por aquí.

De nuevo, mala calidad, pero algo se ve...

¡Y desde luego no me refiero a patrias y banderas..! Con un poco de retraso, dedico esta entrada a una planta, el ριζάρι (“risari”, con s que zumba), una rubia con muchísimos nombres vernáculos diferentes en castellano (el científico es Rubia tinctorum), que todavía se recoge en Dadiá para utilizar su raíz como colorante natural.

La mano de Dina sostiene una rubia hace exactamente dos años

Os preguntaréis qué es lo que colorean. Pues, en este caso, tiñen de rojo los huevos de Pascua, esos que en la noche del sábado, después de las doce, la gente va entrechocando unos con otros para ver quién va a tener suerte (aquél cuyo huevo queda sin romperse, claro).

Huevos rojos típicos de la semana santa griega (gatodiakritikos en Flickr, licencia CC)

Hoy hemos dado una pequeña vuelta hasta la cruz que se encuentra encima del monasterio de Dadiá. Las vistas desde ese punto son de las mejores que conozco, se abarca muchísimo bosque, el monasterio, campos de cultivo, el pueblo, los montes más lejanos, las planicies turcas… El día ha estado precioso, y alimoches, culebreras, cigüeñas negras y demás familia nos han ido acompañando. Qué bien se encuentra una cuando hace estas cositas (suspiro).

Como siempre, la carretera de Dadiá regala imágenes como ésta

A la derecha, la cruz - punto de observación

El monasterio y, al fondo, Dadiá

El cielo se iba poniendo raro-bonito. Los campos brillaban

Hoy se ha puesto otra vez a nevar, así, de repente, sin previo aviso. Bueno, yo pertenezco a la categoría de personas que nunca consultan las predicciones meteorológicas en la tele y/o en internet (la otra categoría la conforma un montón de personas, muchas más de las que nos imaginamos, que pueden llegar a padecer un ataque de nervios si la página del tiempo no quiere abrirse un día en el ordenador), así que era algo difícil estar avisada. De todas formas, mis amigos los frikis meteorológicos tampoco lo esperaban, si no me habría enterado, no os quepa ninguna duda. Pero a lo que iba.

Estaba yo esta mañana tecleando para conseguir entregar mi próximo trabajo del máster a tiempo y de repente se ha puesto a nevar.

Tecleaba y miraba por la ventana, tecleaba y miraba...

A  mediodía nos hemos ido a comer a casa de Yannis y Dina, y he aquí imágenes del camino:

La verja del huerto, las ramas de la parra

Uno de los muchos almendros que se apresuraron a florecer

Detalle de flor y nieve

Y otras flores, otra nieve

Media hora de vuelta matutina y unas pocas imágenes de tranquilidad en Dadiá.

Primera imagen de la mañana: gallo paseándose y edificio del cuerpo gestor del parque al fondo

Vista de mi casita

La campana de la iglesia Profitis Ilías

Lo que creo que es un álamo temblón, con flores masculinas

Y el detalle de la anterior: el herrerillo picoteando aquí y allá

Si hubiera tenido una cámara con un buen teleobjetivo, habrían salido unas fotos muy chulas, la visión era como de un cuadro en movimiento de colores pastel.

Una de las consecuencias de, entre otras cosas, el extremo centralismo de este país ha sido la cancelación de la mitad de los (ya de por sí escasos) trenes que unían Evros con Atenas (y con muchos otros destinos intermedios, claro). Sucedió hace cosa de un año. Desde Suflí salían un par de trenes “lentos” que tardaban 15 horas en llegar a la capital y costaban alrededor de los 25 euros por trayecto y otro par de Intercities o trenes “rápidos” que tardaban 12 horas pero cuyos asientos era mil veces más incómodos, no apagaban las luces por la noche,  carecían de coches cama y costaban unos 50 euros por trayecto. Yo siempre que podía cogía el lento, claro. Ahora si uno quiere coger el lento sólo tiene una opción, yendo primero a Alexandrúpoli por supuesto y si quiere viajar de noche, tiene que coger obligatoriamente el Intercity, caro, incómodo, y desde luego no rápido.

El tren que a este paso se convertirá en un fantasma

Aquí no hubo demasiadas protestas (al menos no las que yo habría esperado, del tipo “Teruel existe” a la griega) ante tan absurda decisión, a pesar de que los trenes solían ir llenos (es cierto, la mayoría de los pasajeros eran jubilados, chicos haciendo el servicio militar de permiso y estudiantes, sectores de la población que suelen ser invisibles, puede que sea ésta la razón).  Pero de todas formas, muchas veces me parece que la gente del mundo rural griego está demasiado resignada al centralismo ateniense, probablemente porque en la mente de muchos está el irse, el perseguir una vida “mejor” en la ciudad, y en no pocas ocasiones la ciudad es Atenas. Dos familias de Dadiá con hijos pequeños, de las que dan vida a este pueblo y lo hacen especial en la región, se preparan para irse en septiembre a Alexandrúpoli. Allí, dicen, los niños irán a mejores colegios (?) y tendrán más oportunidades. No sé cuánto de verdad hay en eso, pero el resultado es el mismo: los pueblos seguirán vaciándose, cada vez habrá menos gente que llore porque un tren desaparece, menos manos que trabajen el paisaje, menos ojos que lo admiren.

Nueva consulta al diccionario online de la RAE:

hibernación.

(Del lat. hibernatĭo, -ōnis).

1. f. Estado fisiológico que se presenta en ciertos mamíferos como adaptación a condiciones invernales extremas, con descenso de la temperatura corporal hasta cerca de 0° y disminución general de las funciones metabólicas.

2. f. En animales, tanto vertebrados como invertebrados, sueño invernal.

3. f. Estado semejante que se produce en las personas artificialmente por medio de drogas apropiadas con fines anestésicos o curativos.

Olvidemos la tercera acepción y prefiramos la primera. Mi temperatura estas últimas semanas no ha bajado a cero grados, que yo sepa, pero mis funciones metabólicas han disminuido significativamente, doy fe. Un estado de atontamiento general tirando al ermitañamiento. Una sensación que en el paisaje se traduciría así:

Lluvia, frío, nieve, esto es el invierno

Pero ayer ¡hubo Carnival Party en Dadiá! y estuvimos cuatro gatos e hicimos el mono, y bailamos bailamos bailamos… Mi pulso dejó el ritmo caracol para pasarse a la samba y parece que todo se confabuló para que el día que siguió fuera templado y sobre todo luminoso. El río Evros y sus afluentes también se desbordaron (yo digo que las lluvias no han tenido nada que ver, ha sido el carnaval, y el desperezamiento…) y hoy los campos se han presentado así:

La vía del tren, los campos, los árboles que escoltan al Evros y, al fondo, Turquía

El Διαβολόρεμα (corriente del diablo) junto al cruce de Dadiá

Detalle de los chopos