Hoy es mi último día en Grecia, después de quince días visitando el país que no pisaba desde hacía cinco meses, y esta mañana ateniense, fría como una mañana evrítica cualquiera, me he quedado en casa, rebosando melancolía. Han sido días de huelgas de ferries y aviones forzosos, περαιώσεις sorpresa y consiguiente indignación, viento sur y mangas remangadas. La felicidad de ver a los amigos, y de charlar, pasear, bailar, comer con ellos. Cine en versión original, sopa de setas, rakís que celebraban un doctorado, alcaudones norteños, mermelada de krano. La conocida sensación “parece que estuve aquí la semana pasada”. Y siempre, el griego.

A esta playa se llega cogiendo un autobús urbano de Iraklio

El tiempo, hasta hace dos días, estaba para ir a la playa y adormilarse al sol. En Creta andaban todavía recogiendo tomates en las huertas. Y aqui, un pensamiento: mis años en Grecia me han enseñado a apreciar los productos de temporada. Cuando uno come a menudo en tabernas donde se sirve la producción propia, como la que nos presentaba Ana hace poco con tanto cariño, limitarse a comer lo que da la tierra aquí y ahora en realidad expande las posibilidades del placer, y la limitación ya no es tal. Voy a dejar pasar un tiempo antes de hablar de mi taberna griega favorita, para no resultar pesada, pero dejo la foto de la chimenea central, que saqué el otro día al empezar la noche, antes de que el poco espacio disponible se llenara de comensales saciados y felices bailando a lo loco baiduskas, sambas clarinas, let’s twist again y tantas otras.

Cuántas vueltas alrededor de esta chimenea...

Y, para terminar, una foto del final de una comida cretense, un montón de dulces y rakís ofrecidos porque sí, qué costumbre tan maravillosa.

Postre para todos los gustos

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