En estos días de estudio obligado, la ventana de mi cuarto me ofrece una oportunidad para la distracción especialmente apetitosa (y, en lo que a mi productividad se refiere, peligrosa). Oigo pajarillos, los veo moverse como manchas indistinguibles mientras mi atención se supone dirigida a la pantalla. Ayer el canto de uno de ellos me tenía especialmente inquieta. Llevaba oyéndolo un par de días, y no era capaz de localizarlo entre las ramas de los – no tan numerosos – arbolillos y arbustos del jardín. Tampoco sabía identificarlo sólo por su canto. No recuerdo haberlo oído antes aquí, en torno a mi casa.

Afortunadamente, tantos minutos (no me atrevo a decir horas) de distracción no fueron en balde. De repente lo vi, posado encima de un pequeño pino y cantando como si le fuera la vida en ello (en cierto modo, así es). ¡Era una curruca zarcerilla (Sylvia curruca)! Ahora espero que tan apuesto pajarillo logre encontrar una compañera y se queden por aquí.

De nuevo, mala calidad, pero algo se ve...

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