Esta primavera no volvió la pareja de alcaudones dorsirrojos que anidó en mi jardín los dos años anteriores. Los llamábamos “el majo” y “la maja”, en un guiño a su nombre en griego (αετομάχος – “aetomajos”) y a mi manía de llamar así a la gente, por mucho griego que hable… Sí que han vuelto los zarceros pálidos, cuyo canto Lavrendis me enseñó a reconocer. La semana pasada tomé prestada una cámara con más zoom que la mía y, de vez en cuando, en las idas y venidas al campo o en los paseos vespertinos, he ido sacando algunas fotos.

Un majo (Lanius collurio)

Un majo (Lanius collurio) comiendo

Alcaudón común (Lanius senator) con mucho negro en la frente

Alcaudón común (Lanius senator) con mucho negro en la frente

Las collalbas grises (Oenanthe oenanthe) me acompañan en el trabajo

Las collalbas grises (Oenanthe oenanthe) me acompañan en el trabajo

Un escribano cabecinegro (Emberiza melanocephala) a la entrada de Dadia

Un escribano cabecinegro (Emberiza melanocephala) a la entrada de Dadia

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