Un pensamiento que me ronda últimamente es que, en cierto modo, no voy a poder desprenderme nunca de la nostalgia, vaya donde vaya, me quede donde me quede. Que voy a tener que aceptar a la nostalgia como a una pulga picándome la vida, y puesto que esto es así, tendré que encontrar la manera de que su compañía se convierta en algo productivo. Me rascaré, sí, pero tendrá que ser como hacerme cosquillas a mí misma.

Cuando me sumerjo en esos pensamientos, me acuerdo siempre de un texto de Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos”, que reproduzco aquí:

El río del Olvido

La primera vez que fui a Galicia, mis amigos me llevaron al río del Olvido.

Mis amigos me dijeron que los legionarios romanos, en los antiguos tiempos imperiales, habían querido invadir estas tierras, pero de aquí no habían pasado: paralizados por el pánico, se habían detenido a la orilla de este río. Y no lo habían atravesado nunca, porque quien cruza el río del Olvido llega a la otra orilla sin saber quién es ni de dónde viene.

Yo estaba empezando mi exilio en España, y pensé: si bastan las aguas de un río para borrar la memoria, ¿qué pasará conmigo, resto de naufragio, que atravesé toda una mar?

Pero yo había estado recorriendo los pueblecitos de Pontevedra y Orense, y había descubierto tabernas y cafés que se llamaban Uruguay o Venezuela o Mi Buenos Aires Querido y cantinas que ofrecían parrilladas o arepas, y por todas partes había banderines de Peñarol y Nacional y Boca juniors, y todo eso era de los gallegos que habían regresado de América y sentían, ahora, la nostalgia al revés.

Ellos se habían marchado de sus aldeas, exilados como yo, aunque los hubiera corrido la economía y no la policía, y al cabo de muchos años estaban de vuelta en su tierra de origen, y nunca habían olvidado nada. Ni al irse, ni al estar, ni al volver: nunca habían olvidado nada. Y ahora tenían dos memorias y tenían dos patrias.

Mi tío abuelo Aurelio fue emigrante y de Laredo se marchó a Montevideo en los años 50 y 60. Cuando volvió, abrió una imprenta a la que llamó Montevideo. (Recuerdo los tipos, unos encima de otros, que nunca me atreví a tocar).

(Nostalgia: del griego antiguo νόστος, regreso, y άλγος, dolor)

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