La historia del autillo la aprendí el año pasado, hacia abril, cuando ya había empezado a oírlo otra vez por todos lados (uno de los lugares indiscutiblemente unidos a su canto es el camping en Samozraki). El autillo en griego se llama Γκιώνης (“Guionis”), y cuenta la leyenda que antes de ser pájaro fue pastor. Tenía un hermano, también pastor, que según qué versión del mito se llamaba Andonis, o Yannis, o incluso Guionis. Este último perdió un día unas ovejas y su hermano lo mató por ello, pero las ovejas regresaron poco después al redil y el hermano asesino se sumió en la pena más profunda. Unas versiones dicen que fue la misma pena la que lo transformó en pájaro, otras dicen que Dios se compadeció de él y lo convirtió antes de que muriera a causa de la tristeza. Lo que sí es seguro es que, desde entonces, el autillo llama arrepentido cada noche a su hermano (“Guion(i), guion(i)”), insistentemente, sin descanso*.
*En Epiro, llaman “guionis” a quien resulta demasiado pesado, repitiendo lo mismo una y otra vez…

Sábado, 26 febrero 2011 at 12:35
Que historia tan chula. El problema es que yo no se diferenciar el canto de un Γκιώνης del de una κουκουβάγια, pero le preguntaré a mi amiga Maria, que sabe de pajaros.
Gracias por este cuento tan bonito.
Sábado, 26 febrero 2011 at 17:42
De nada, Ana. En la misma entrada he dejado un enlace al canto del autillo, verás que es tan característico que es difícil de confundir con otra cosa…
Domingo, 27 febrero 2011 at 1:32
Muy curiosa la historia del autillo. Parece que desde antiguo les gusta a los griegos relacionar a las aves con sangrientos crímenes familiares. Supongo que conoces la historia de Tereo, el rey de Tracia que violó a su cuñada Filomela y le cortó la lengua para que no pudiera contarlo. Sin embargo, su mujer Procne se enteró y se vengó dando a comer a Tereo a su propio hijo. Al final Tereo acabó convertido en abubilla, Filomela en ruiseñor y Procne en golondrina.
Un saludo.
Lunes, 28 febrero 2011 at 19:12
Pues no conocía la historia, Juanjo, de lo más cruenta. ¡Y no puedo imaginar qué imagen sangrienta pueden evocar criaturas como la abubilla o el autillo para inspirar historias así!
Otro saludo